miércoles, 25 de septiembre de 2013

Haz valer tus derechos: ¿Cómo solicitar a Carabineros el retiro de propaganda electoral de lugares públicos?




Ley 18.700 sobre Votaciones Populares y escrutinios:

Artículo 32.- No podrá realizarse propaganda electoral con pintura, carteles y afiches adheridos en los muros exteriores y cierros, sean éstos públicos o privados, salvo que en este último caso, medie autorización del propietario, poseedor o mero tenedor; como asimismo en los componentes y equipamiento urbanos, tales como calzadas, aceras, puentes, parques, postes, fuentes, estatuas, jardineras, escaños, semáforos y quioscos. Tampoco podrá realizarse propaganda mediante elementos que cuelguen sobre la calzada o que se adhieran de cualquier modo al tendido eléctrico, telefónico, de televisión u otros de similar naturaleza.

Artículo 35.- Carabineros fiscalizará el cumplimiento de las disposiciones de los artículos 30 y 32, salvo en lo referente a la prensa, radio y televisión, y procederá de oficio o a petición de cualquier persona, a retirar o suprimir los elementos de propaganda que contravengan esas disposiciones, dando cuenta de lo actuado de inmediato al Juez de Policía Local competente, según el artículo 144 de esta ley.







CARTA FORMATO TIPO

(Ciudad), _____________________ de 2013

Al Sr.
__________________________________ 

_____ Comisaría de Carabineros de _______________________

Presente.

De mi consideración:

Junto con saludar afectuosamente, me dirijo a Ud para solicitar, en virtud de lo dispuesto en el artículos 30, 32 y 35 de la Ley N° 18.700 sobre Votaciones Populares y Escrutinios, se proceda a fiscalizar y proceder al retiro inmediato de material definido como Propaganda Electoral, colocado fuera del plazo establecido en la norma antes señalada, ubicada en los siguientes lugares:

COMUNA LOCALIDAD CALLE DESDE HASTA






Posterior al retiro solicitado, pido además se dé cumplimiento a esta disposición, dando cuenta al Juzgado de Policía Local competente, de acuerdo a lo dispuesto en el artículo 144 del mismo cuerpo legal.

Sin otro particular, saluda atentamente a Ud.

NOMBRE DEL SOLICITANTE









domingo, 22 de septiembre de 2013

Creencia ideológica; no decir dictadura y la dictadura desaparecerá.

Hanna Arendt escribió: “El tercer mundo no es una realidad sino una ideología”, recordándonos la conceptualización y sistema de clasificación que se esconde tras la “idea de algo”, las leyes que sustentan esa idea como una forma de enfrentarnos a “ese algo”. Así, por ejemplo, es posible comprender que si nuestra percepción de la realidad es ideológica es un imposible el llegar a establecer leyes que sustenten nuestro pensamiento sin “creer” en ese sistema de pensamiento. Se debe creer para confiar en una idea, así la creencia en una determinada religión es un sistema de leyes que sustentan esa creencia y no otras “leyes” que –obviamente- desembocarían en el rechazo a tal religión. El autor norteamericano Hal Borland escribió magníficamente: “No se puede sospechar de un árbol, o acusar a un pájaro o una ardilla de subversión o de cuestionar la ideología de una violeta”. La ideologías no son propias de la naturaleza, la naturaleza no es ideológica, no podemos acusar a la lluvia de “provocar inundaciones” ni pedir la renuncia de Dios por esto, aunque si usted viviera en el Egipto Faraónico –que vivía bajo otro sistema de creencias- esto sí pudiese haber sido posible debido a la responsabilidad que tenía el faraón con respecto a los fenómenos naturales. Y hoy, décadas después de que se proclamara el “fin de las ideologías” -una vez que cayó el muro de Berlín- nos encontramos con el espectáculo de que se quiere proclamar el triunfo de la tortilla –de la despolitización política- sin romper un huevo- movilización política-. ¿Cómo proclamar la verdad de la desideologización política pero bajo la ideología democrática de la necesidad del voto?. En otras palabras; el triunfo de la “creencia” en un “mundo mejor sin ideologías” es que ; o existe una verdad revelada, o la racionalización de “esa creencia” –ideología- llegó a un punto de perfección racional tal –demostrable- que es un “axioma científico”. 


La “Mayoría Silenciosa” es eso, en mayor o en menor medida es un “axioma científico” o una “verdad revelada”. Es esa verdad que no puede pronunciar la palabra “Dictadura” sin caer en el conflicto de que su verdad está teñida de vicios y violaciones a los Derechos Humanos, es mejor omitir, es mejor olvidar ese “ideología que divide” y abrazar la “ideología que no divide”, la verdad que te dice; todo lo que huele a político no sirve de nada –o es conducente a nada por que “todo es lo mismo”- por lo tanto todo acto que apele a la “vieja política” –incluyendo ir a votar- no sirven de nada, un gasto de tiempo inútil o el legitimar a “los mismos de siempre que harán lo mismo de siempre”. La deslegitimidad total por medio de la legitimación de que la política es, en sí, algo que nada sirve. Lo legitimo de la “verdad desideologizada” es que esa verdad te dice “¿para qué votar?”. "¿para qué decir dictadura?"

viernes, 13 de septiembre de 2013

Reformar el Binominal- en nombre de la Representación- con una peor Representación


Un
22,46% fue la participación efectiva de las elecciones primarias pasadas, es  decir que en un padrón electoral de 13.388.643 ciudadanos participaron 3.007.687. Y los cálculos pesimistas que señalaban que no votarían sobre el 10 al 15% se volvieron uno de los temas centrales de análisis luego del triunfo de Michel Bachelet –no sorpresivo- y el golpe al ego democrático de Allamand que determinó que sus amigos de coalición ganaran democráticamente. Y las cifras parecían claras, más de un millón y medio de ciudadanos habían votado por la ex presidenta, y un poco más de 400.000 votantes habían señalado que Longueira sería el candidato de Gobierno, aventajando a Allamand por 22.159 electores –aunque, como sabemos, el candidato UDI se retiraría de la carrera presidencial debido a una “depresión”-. Números y cifras, cálculos que nos llevan nuevamente a esa especie de vértigo matemático que alterando cualquier enunciado buscan una conclusión lógica ahí donde la pregunta no es el enunciado, sino aquello que deja de decir el enunciado, aquello que calla. De la misma manera como las cifras macroeconómicas son denunciadas como una alteración de la realidad ahí donde “esas cifras no representan una fotografía de la realidad debido a los niveles de desigualdad”, y el enunciado es falso ya que no señala la variable “desigualdad”, nuestras cifras democráticas buscan hipnotizar con números y porcentajes aquello que omitimos, la desigualdad. 
El 77,63% de la población no participó, y ese ¾ que se abstiene en un país donde la mayoría de los males sociales apuntan con el dedo a “una minoría”, nos debería llevar a pensar no en los triunfos al interior de las minorías –de ese 22,46% que participó- sino en la omisión de esa gran mayoría cuya no participación fue considerada –casi sin excepciones- como “una grata sorpresa”. Así como la construcción de las expectativas tiene la realidad como límite, y ahí donde mis expectativas siempre tienen que tener como referencia constante un concepto de realidad pactado socialmente, nuestras expectativas de “grata sorpresa democrática” nos llevan a un 22,46% de participación. Nos encontramos con un problema conceptual donde la participación de sólo ¼ representa un ejercicio democrático en sí, y no sólo eso, sino con el hecho de que la grata sorpresa es que se alcanzó ese ¼ ahí donde las expectativas eran menores. Nos mareamos con los números y cifras, perdimos de vista la democracia como un acto participativo –como condición básica- y cualquier número y porcentaje se convirtió en una victoria ahí donde, al parecer, se esperaba “aun menos”. 
En Chile nuestro último antecedente de elección presidencial son del año 2010, en las cuales participó el 87% en la primera vuelta y 86% en la segunda -con inscripción voluntaria y voto obligatorio-. Para poder volver más democrático un sistema cuestionado por lo “poco democrático” se decidió volver la inscripción automática y el voto voluntario para que –curiosamente- se llegara al resultado inverso; que participen “menos votantes”. Pensemos de manera positiva por un momento, y comparémonos con otros países que tienen la “democrática” característica del voto voluntario. En México donde el voto se declara “libre” la participación en las elecciones presidenciales del 2012 alcanzó 63,34%; en Colombia –en las presidenciales del 2010- se llegó al 51% y en la segunda vuelta -en la que triunfó Juan Manuel Santos- participó el 44,5%; en Venezuela –donde la decisión de ir o no a votar es en la práctica voluntaria- participó el 80,52% del padrón electoral para elegir entre Chavez y Capriles... En las municipales del 2012 se abstuvo de votar el 59,1% de los chilenos –con voto voluntario- mientras con voto obligatorio en las Municipales del 2008 el 33,6% de los votantes se abstuvo. Si en las municipales –que se señala que participa un número inferior de votantes que en una presidencial- los niveles de abstención aumentaron en más de 25% con respecto a una elección con voto obligatorio- ¿Qué es lo que podemos esperar de la elección presidencial de noviembre? ¿Cuánto es el nivel de abstención que nuestra democracia puede aguantar sin volverse una democracia de las minorías como es nombrada Colombia con un 44,5%?. Que haya participado el 22,46% en una primaria fue considerado una “grata sorpresa”, ¿Si llega a participar más del 50% en la presidencial será considerado un triunfo democrático por “doblar la primaria”?. Sigamos pensando positivo, sigamos pensando que va a participar la mayoría de la ciudadanía. Esperemos que así sea.
Como defensa al voto voluntario se señalaron muchos aspectos que democratizarían el acto mismo de votar al dejar sin ningún tipo de sanción a quien no vote –obviamente la sanción moral queda descartada en un país donde los niveles de desafección política e ilegitimidad del sistema político son aberrantes-. En último término el axioma de fe es: los ciudadanos son libres de decidir si quieren cumplir con su rol de ciudadanos o no, en caso de hacerlo es una cosa de libertad, de no hacerlo… ídem. Aumentaría la abstención; No –decían-, aumentaría la brecha de desigualdad de participación entre ricos y pobres; para nada –dijeron-. El cuadro fue vendido así. Y resulta que en un país con altos niveles de cuestionamiento democrático, con respecto a los reales niveles de democracia, la falla de la implantación del voto voluntario no ha sido cuestionada en su totalidad. No sólo debería alarmarnos que sea considerado un triunfo el 22,46% de participación en una primaria, sino que debemos sentir terror si llega noviembre y una participación cercana al 50% nos lleva a gritar de alegría democrática.
La Secretaría General de la Presidencia declaró en Noviembre del 2011 que “la oposición al voto voluntario en nombre de los intereses de los más pobres no es más que un autoritario e irrespetuoso paternalismo de minorías presuntamente esclarecidas, difícil de conciliar, otra vez, con los principios democráticos”[1]. En nombre de la inmensa mayoría de no privilegiados, el Gobierno impulsaba un voto voluntario que “los privilegiaba”, así decían.  Pero resulta que en las primarias el promedio de participación de las 10 comunas más ricas de Chile –de acuerdo a la Casen- es de 34%, en cambio en las 10 comunas más pobres es sólo de 17%. En términos simples, cada vez que votan 2 ciudadanos de las comunas más ricas sólo lo hará 1 de las comunas más pobres. Otro ejemplo más radical; Puente Alto tiene un padrón electoral de 320.743[2] electores de los cuales participaron 54.951, Las Condes tiene un padrón electoral de  211.850 con una participación en primarias de 96.698 votantes. Esto significa que en la populosa comuna de Puente Alto participaron en primarias sólo el 17,1% de los votantes, en cambio en Las Condes –una de las comunas más ricas del país- el 45,6%. Aproximadamente cada 3 votantes en primarias en Las Condes, sólo hubo uno en Puente Alto.
¿Qué pasa en comunas rurales o pequeñas?  La incorporación de pequeñas comunas ha permitido justificar las diferencias de sesgo con respecto a ingresos económicos en los análisis, sin considerar que sólo las comunas urbanas de la Región Metropolitana representan 1/3 de los votantes de todo el país y que en ellas se puede observar de mejor manera la relación entre “cantidad de votos potenciales” y “cantidad de votos emitidos” a partir de una clasificación entre comunas ricas y pobres. ¿Pero eso no es así en todo el país? No, la mayoría de las comunas del país –en cantidad- no presentan esta relación entre “a mayor ingreso-mayor participación”, estas comunas son las que tienen menos de 50.000 ciudadanos pero que en su totalidad –sumadas- no representan siquiera el 30% del padrón electoral del país. Es decir, al menos el 70% de los votantes vive en  comunas que presenta la característica de “a mayor ingreso mayor participación”, el resto, “rurales” o con menos de 50.000 habitantes tienen una participación de 1/3 del total, en cambio las “urbanas” –que presentan la relación de “mayor ingreso- mayor participación” son 2/3 de todo el padrón electoral[3]. Cuando señalan algunos analistas que la mayoría de las comunas no presentó la característica de “a mayores ingresos-mayor participación” dicen la verdad, pero sólo se refieren al número de comunas –que en su mayoría tienen menos de 50.000 habitantes- y no a la cantidad de votantes –que se concentran en comunas de alta densidad de población- que sí presentan la característica antes señalada, 2/3 del total.

La omisión gana en el voto voluntario, y gana aun con más fuerza en las comunas pobres, y ese incluso engañoso 22,46% de participación en las primarias, se convierte en un extraño triunfo donde sólo ¼ de los electores concurrió pero que da pie a convertir un esperado aumento en un 100% –que vote la mitad del padrón electoral- en una suerte de horizonte democrático para noviembre; una expectativa curiosa, donde su satisfacción es llegar a que participe sólo la mitad de la ciudadanía.
Y puede que el problema no termine ahí. Las rimbombantes reformas propuestas al sistema electoral binominal apuntan a solucionar los problemas de representatividad de una curiosa manera;  ahí donde “votan más los ricos” –el 70% del padrón electoral- sea mayor la cantidad de diputados y senadores elegidos para representarlos. ¿Representar a quién? Mayor representatividad, nos dicen, y resulta que esa representación pretenden que sea ahí –donde viven más del 70% de los electores- y donde “a mayores ingresos mayor es la participación”. “La libertad de votar”, nos volverán a señalar como justificación.




domingo, 21 de julio de 2013

Chile; El Derecho a la Educación, pero sin Calidad ...



Sencillamente me es difícil hacer algún tipo de introducción a lo que quiero narrar, y en lo posible analizar, para que, pedagógicamente comprendamos que en todo acto político existe la “búsqueda” de alterar las conductas, y no sólo las conductas, sino inculcar elementos de carácter ideológico en “ese acto político”. Así es posible el darse cuenta que cada “discurso público” es un discurso que busca ideologizar al “público”, valga la redundancia, explicar y actuar en pos de la defensa de “tal política”, y así también existe el discurso político más “camuflado”, ese que quiere decir algo pero por medio del eufemismo, de aquello que no dice, de aquello que “huele bien”, aunque sabemos que sólo es para esconder el olor a “podrido” de la omisión y de quienes son lanzados al margen de un proyecto de país..
 
No hay que ser un erudito para ver que el discurso ideológico de la Alianza no puede incluir la existencia de una educación gratuita –y de calidad- sin entrar en contradicción con sus concepciones de libertad, ligados a principios liberales radicales, que convierten a todo como “parte del mercado”. Es así, de una u otra manera, cuando el presidente Sebastián Piñera inauguraba la sede Duoc San Joaquín -en el 2011- y señalaba “la educación es un bien de consumo” no estaba diciendo nada nuevo, sino que estaba desnudando el eufemismo constante bajo el cual se había camuflado la ideología más brutal bajo la cual ha actuado el concepto de “libertad” que han tratado de crear en el país; convertir todo en un bien de consumo sin límite alguno –social, económico o medioambiental-. Todo es cancha y se puede “jugar” en todas partes, dicen que no es ideología –siendo la ideología más radical que puede existir- el convertir la ciudadanía en algo que puede tener grados, grados de consumo de la ciudadanía, la ciudadanía como consumidor. A mayor capacidad de consumo, mayor son los niveles de educación o salud a los cuales puedes acceder –que son derechos básicos- y por ende mayores niveles de “dignidad” o “respeto” social que puedes obtener por acceder a esos derechos que, obviamente, se convierten en derechos restringidos, pero universales, es decir “puedes acceder a ellos si tienes la capacidad económica para pagarlos”. Los derechos son para todos, pero como son parte de los “bienes de consumo” debes de pagar por ellos. Un concepto de “libertad” basado en principios económicos no es un concepto neutral, sino que “se debe” a una concepción donde el hombre es “tal hombre, con tales principios éticos o morales”, una concepción antropológica se esconde en ella, y en este caso el “dividir” la “capacidad de ser ciudadano” jerarquizándolo por la capacidad de “consumo”.

A mayores recursos mayor educación, mejor salud o un aire “más limpio”, más ciudadanía plena ¿para qué cambiarla?. A menores recursos una salud colapsada, una educación que crea “mano de obra barata” y un hedor a podrido por fábricas y vertederos donde los reclamos no son escuchados ¿para qué ser ciudadano?. Una ciudadanía marcada por la capacidad de consumo, ciudadanos que son tales en la medida en que son capaces de “consumir derechos”, y no ser un gasto... los que “son un gasto” deben ir a los márgenes, a la periferia, a la omisión social, al olvido. Una dignidad de primera, de consumidores, y una dignidad “de segunda”, de aquellos que pueden o no quieren “consumir derechos”, sino que los exigen sin entregar beneficios económicos a un sistema cuyo fin es que todo -absolutamente todo- sea un “bien de consumo”. 

El “Recetario de Lavín” no responde a un capricho culinario ni a un menú al “alcance de todos”; este “recetario” es señalar eufemísticamente, para que no suene “brutal”, que realmente el pobre debe aceptar, agachar la cabeza, y reconocer que en un país donde existe un “pleno empleo” y donde la economía crece “por sobre las expectativas”, él no tiene lugar ni espacio para ser parte de la celebración, sencillamente no gana nada. No tendrá mejoras en salud, ni en educación, ni en ingresos, como tampoco a la hora de comer. Lisa y llanamente él no cuenta en la medida en que no pueda consumir aquello que son – en esencia- “derechos”.

Es por ello que puede sentirse feliz por Chile, por su economía y su “desarrollo”, pero siempre “a lo lejos”, una sonrisa lejana que lo hace partícipe de Chile pero sin ser parte del “crecimiento de Chile”. Charquicán digno y feliz para cada uno de los que les guste el charquicán y que pueda pagarlo, charquicán “sin carne” para el pobre y el que no pueda pagarlo. Lo siento, no todos tenemos la misma dignidad como “ciudadanos” en este país en constante crecimiento, algunos tendrán que conformarse con su “ciudadanía” “de segunda”, con su salud “de segunda”, con su educación “de segunda”, con su seguridad “de segunda”, con su previsión “de segunda”. Celebremos todo esto con unos ricos “porotos sin riendas” que es “casi igual” que el que comen en aquellos lugares que sí forman parte de Chile, pero “sin riendas”, un plato digno en cualquier mesa de Chile pero “sin riendas”, que no es otra cosa que decir, que alterado algo en su “esencia” sigue siendo lo mismo. Que gran error, pero compartido en educación, seguridad, salud, medioambiente, etc. Derechos de segunda para algunos, pero “si usted puede pagar...”

La dignidad a la hora del almuerzo no depende de la concepción de “ser humano”, depende de la capacidad económica del consumidor, del ciudadano. No todos tienen “derecho” a ser parte del Chile feliz, no todos tienen derecho a un “charquicán con carne”, algunos sencillamente no forman parte del Chile que nos quieren mostrar... a ellos va el recetario, a los que no forman parte del Chile que quieren dibujar; ese país donde la compra de derechos garantiza la existencia de “esos derechos”; derechos comprados, consumo.

Lo siento, sigan teniendo pésima atención de salud, sigan respirando el hedor de vertederos, sigan comiendo un rico plato que debe tener carne... pero que no la tiene; esa es la conclusión del “Recetario”. Volver “digno” aquello que no lo es, o que para el resto de Chile no tiene dignidad alguna, pero que poco importa ahí donde el “ciudadano” sólo lo es en sus derechos mermados y su capacidad de “consumo” limitada. Ciudadano que no consume no ayuda a la ciudadanía, no consume derechos, los exige... y eso no ayuda en nada a la economía.

La carne es muy “cara” para ustedes, al igual que la educación. ¿Quiere educación sin calidad? ¿Quiere charquicán sin carne? Ahí lo tiene al alcance de todos. ¿Quiere carne en su charquicán y calidad en su educación? Pague... sino confórmese con el “sucedáneo”, esa ciudadanía omitida por el Chile que nos quieren pintar. 

miércoles, 10 de julio de 2013

Frente a la Irresponsabilidad de la TV todos somos responsables.

Quiero comenzar haciendo una reflexión que nos permita el comprender que el hombre en su racionalidad no puede omitir, y es que la irresponsabilidad del hombre frente a lo que sucede lo lleva a la total y absoluta falta de responsabilidad con respecto a sí mismo y los otros. Por ende la libertad como omisión, como no participación -como silencio- puede llegar a ser una alternativa, pero una alternativa que nos hace irresponsables frente a lo que nos sucede, nos vuelve animales irracionales cuyos actos carecen de total y absoluta repercusión conciente. Irresponsabilidad e inconciencia frente a lo que sucede, así parece ser la libertad que hemos elegido.
Me hago no participe de los actos que suceden, actuando en ellos, pero –apelando a mi libertad- no me hago participe de lo que “va a suceder” con aquel acto. Como si ante el incendio en la casa del vecino cerráramos los ojos y oídos para no ver las llamas ni escuchar los gritos de desesperación, así parecemos actuar. La respuesta de la irresponsabilidad es bastante simple: yo no tengo nada que ver con el incendio, yo no puedo hacer nada contra el incendio, o, lo que haga o deje de hacer no cambiará en nada los efectos del incendio. A eso llamamos libertad, y la consideramos un logro, pero es una libertad irresponsable, es una libertad que –en último termino- apela a que nadie es responsable con respecto a lo que formamos entre todos. El incendio de la casa del vecino no es mi responsabilidad por que no inicié el fuego –pero sí soy responsable con respecto a que, teniendo la oportunidad de hacer algo frente a aquello que “hace daño”- no hago nada, apelando a mi libertad o mi falta de responsabilidad en el acto mismo del incendio. Frente al morbo de la televisión –de transmitir el vivo y en directo como le comunican a un padre que su hijo ha sido encontrado muerto- no puede existir como respuesta “responsable” el apagar el televisor. Eso es simplemente omitir, sencillamente no hacernos responsable de lo que hacen los canales de televisión dentro la sociedad de la cual formamos parte. Convierte  la televisión en un medio que puede ir más allá del bien y del mal y que- apelando al rating o la libertad- pueden pasar a llevar cualquier piso moral bajo el cual podemos convivir.
Yo no quiero ser responsable del daño que puede sufrir mi familia, pero eso implica – a la vez- el comprender que tampoco quiero que otras familias sufran daño, y reconociendo que lo que sucede en las familias forma parte de lo que construimos entre todos –sociedad o comunidad- no nos podemos mantener al margen sin destruir aquello que formamos.
El problema no es “el mal”, el problema es sentirnos irresponsables con respecto a ese mal, no ser responsables de poder cambiar el mal hacia el bien, o creer que somos impotentes frente a lo que sucede frente a nuestros ojos. En un mundo gobernado por la irresponsabilidad y la total carencia de efectos futuros de nuestros actos el único punto en común que podemos tener es apelar a la libertad de que todo lo que hacemos o dejemos de hacer escapa a cada uno de nosotros. No hay posibilidad alguna de crear consensos, discusiones o soluciones conjuntas, sólo hay actos que existen o no existen y que frente al rechazo de estos podemos omitirlos o ignorarlos, hacer como que estos jamás han existido. Si le gusta vea la televisión, sino le gusta apáguela. Si cree que la crisis medioambiental no existe no se informe, así esa crisis dejará de existir y el medioambiente dejará de ser un problema, al menos para usted –ignorando-. Sí la televisión se ha convertido en un espectáculo morboso y cree que la solución es apagar la televisión entonces esta se convierte en un medio carente de responsabilidad y –por lo tanto- sin la capacidad para poder determinar –como piso mínimo- algún tipo de moralidad mínima. Determinados por el consumo –apagar o no la televisión- la información que nos ofrecen -vaciados de elementos morales- no se diferenciaría en nada entre escoger entre un lápiz negro o azul, meros gustos a gusto del consumidor que en nada afectan, que no tienen responsabilidad alguna en la construcción de la realidad. Si frente a las acciones que tienen lugar en la sociedad nosotros no tenemos responsabilidad alguna entonces tenemos dos alternativas; la sociedad no existe y sólo existen los individuos; o ésta no es nada más que una imposición abstracta y carente de todo sentido que actúa sobre nosotros sin que podamos hacer nada. La primera nos lleva a un individualismo radicalizado donde cada uno de nuestros derechos están garantizados como libertades de consumo –basados en oferta y demanda-, la segunda de las alternativas nos lleva a una sociedad carente de un tejido social en el cual descansar y, por lo tanto, en la que ninguno de nosotros –individualmente- tiene responsabilidad alguna sobre la existencia de las peores bestialidades dentro del conjunto humano ya que “escapan a mi como individuo”.  La responsabilidad se nos presenta como un deber. Un deber para con la humanidad futura en cuanto a su existencia y esencia.
Apagar la televisión no es alternativa, como tampoco puede ser el silencio frente al mal a nuestros ojos: la ignorancia y la omisión; una cobardía. Hans Jonas señaló “responsabilidad es el cuidado, reconocido como deber, por otro ser, cuidado que, dada la amenaza de su vulnerabilidad, se convierte en preocupación”. La existencia de tal o cual sociedad es responsabilidad de todos, no el derecho de algunos como imposición de libertades individuales sin ningún tipo de reconocimiento de los efectos de cada uno de nuestros actos en “el otro”. Una televisión irresponsable es tan moralmente reprochable como creer que dejando el gas abierto no seré responsable de lo que ocurra posteriormente ... no sabía lo que iba a ocurrir después, no se nada de las leyes químicas que originan el fuego. No somos responsables de nada, ignoramos todos y cada uno de los efectos de nuestros actos. Es la misma respuesta que dieron millones de alemanes antes la bestialidad de Auschwitz ... “no somos responsables por que no podíamos hacer nada, no somos responsables por que no sabíamos lo que sucedía”. 

domingo, 18 de noviembre de 2012

El Leviathan de Hobbes y la Teología Política (Introducción).






En el frontispicio de la primera edición inglesa del Leviatán de Hobbes –1651- se presenta la efigie del soberano con dimensiones gigantescas que sobre una ciudad – otra artificialidad en el pensamiento de este autor a diferencia del pensamiento aristotélico sobre el “origen de la polis”- empuña en su mano derecha una espada y en la izquierda un báculo. El poder político y el poder espiritual en el mismo cuerpo artificial soberano, que de la misma manera como puede utilizar la violencia de una de sus manos –legitimada por medio del pacto- posee, en la izquierda, el poder pastoral que legitima el poder sobre una nueva artificialidad; los que forman parte y los que están excluidos de este “pacto”. “Bajo cada uno de sus brazos, tanto el brazo temporal como espiritual, hay una serie de cinco ilustraciones: debajo de la espada, una fortaleza, una corona, un cañón, armas y banderas, y una batalla y una ciudad; de igual modo debajo del brazo espiritual hay una iglesia, una mitra pastoral, los rayos de la excomunión, silogismos, y un concilio”[1]. De estos elementos, de la posesión de los instrumentos propios del conflicto religioso-político, que permaneció gran parte de la Edad Media, nace la disputa que busca ser zanjada rápidamente por Hobbes por medio de la frase extraída del Libro de Job, y grabada en la portada de su gran obra; “Non est potestas super terram quae comparetur ei” (“No hay poder sobre la tierra que se compare al suyo”)
La imagen cristiana de Dios como todopoderoso es recurrente dentro de los fundamentos de teología política cristiana. El Libro de Job es un ejemplo ilustrador utilizado por Hobbes -que a la vez había servido como una de las fuentes bíblicas recurrentes en la teología política cristiana-. La noción es bien precisa en el texto; el poder sobre los poderes. La Iglesia se identificó a sí misma como el representante de ese poder. Si esa concepción teocéntrica ordena al mundo es posible comprender que todo “otro poder terrenal” queda supeditado al poder de quien posee el poder-legitimidad de Dios sobre un “pueblo” que, a la vez, crea y brinda protección. Cuál es la relación entre Dios y su pueblo, será la pregunta de Job, y éste se encontrará con el problema que es Dios quien ha elegido a su pueblo y, por medio de esa elección, puede brindar protección. “La sabiduría es presentada como una comprobada limitación humana incapaz de trascendencia. Este es precisamente el límite que representa la divinidad. Por eso mismo, ella posee el poder de la protección, lo funda en una capacidad desconocida, aunque humanamente representable. Este poder de protección tiene en ese contexto, el supuesto de la elección. Dios ha elegido a su pueblo, a la gente que es parte de él. Todo aquel que se da cuenta de eso, se siente ya, en ese saber tan básico, protegido. Los miembros de la comunidad elegida encuentran protección en esa elección divina”[2]. Así, nos encontramos con que el “pueblo elegido” –como figura cristiana medieval- no sólo brinda protección, sino que crea comunidad a partir de la voluntad, no de sus integrantes, sino de Dios mismo, es él quien “protege”. Alianza que da por sentada la relación de dependencia entre la comunidad y Dios, a la vez que cuestiona la visión aristotélica del hombre.
Job es parte del “pueblo escogido por Dios”, como tal no puede poner en duda los supuestos en los que descansa su obediencia a sus leyes. Las razones últimas de la protección brindada por Dios están fuera de las capacidades de entendimiento de un hombre, es una verdad inaccesible como lo señaló constantemente la teología cristiana medieval, San Agustín o Santo Tomás de Aquino los más importantes, y, en palabras de un contemporáneo a Maquiavelo, el tomista Fray Luis de León; “La verdadera sabiduría no la hallarán los hombres, por más que la busquen, en el mundo, porque tiene su propio lugar y asiento en Dios”[3]. Es ahí donde la obediencia absoluta se mantiene la protección de Dios no cesa, porque “quien se revela no sólo no obedece, sino, con ello, se aparta del pueblo, rompiendo el pacto y exponiéndose también al cese de protección, en este caso personal”[4]. El quiebre del pacto en El Libro de Job no es sólo la ruptura del lazo entre el hombre y Dios –circunscrito a una dimensión religiosa- sino que señala a la comunidad como una creación de Dios a la cual estoy “obligado” a pertenecer bajo riesgo de “muerte”, mismo riesgo que corre quien no forma parte del pacto hobessiano y se mantiene “en guerra”. La aplicación de la Ley por medio de su desaplicación. Nos encontramos con el “Estado de Excepción” descrito por Agamben, que funcionando como un dispositivo biopolítico, permite que el soberano se pueda enfrentar a la vida biológica de sus súbditos por medio de la voluntad incuestionable, y creadora, de este. Es el pueblo elegido por Dios quien en virtud de su potestad nos exige la plena sumisión de la bíos en la esfera de la polis –bajo el riesgo de quedar expuestos fuera de la comunidad- y convertir a quien fuera parte en un enemigo de esta; y por ende, a la vez, de Dios y su voluntad. Dios – el inmortal y el mortal - proyecta así su poder no sólo a las conciencias de cada uno, sino al conjunto de su “pueblo elegido”; sobre la “población”.

[1] ALTINI, Carlo. La Fábrica de la Soberanía. Pág.90

[2] MAUREIRA, Max. Disolución Política de la Teología.

[3] IDEM

[4] IDEM.

martes, 16 de octubre de 2012

Culto Público como Teología en Hobbes

 “Según Varrón, citado por San Agustín, habría tres tipos de Teología: la mítica o fabulosa, de los poetas, la natural o de los filósofos, y la civil, que deben de conocer y practicar en sus ciudades los ciudadanos y, especialmente, los sacerdotes en forma de culto público”[1]. Culto público y a la vez propio de los hombres libres nos señala el pensador de Hipona. Y Hobbes para definir o comprender que lleva al hombre hacia el culto nos señalará que es “el trabajo que dedica un hombre a cualquier cosa con el propósito de obtener un beneficio con ello”[2]. En San Agustín podemos presenciar que lo público del acto del culto debe ser practicado por el “ciudadano”, este se convierte en su propio “sacerdote” – en palabras del santo- con respecto a ser parte de la ciudadanía –de la polis- por medio de su pertenencia a la Iglesia. El culto –colere en latín- mantiene en Hobbes el espiritu que concebía en él San Agustín pero convirtiendo al “Dios Inmortal” de la cristiandad –y su teología política- en un “Dios Mortal” que se alimenta, al igual que el primero, a partir de la inclusión de aquello que posteriormente Agamben señalará como la incorporación-fusión de bíos –la forma de vida o manera de vivir propia de un individuo o grupo- y zoé- simple hecho de vivir y común a todos los vivientes- como condiciones de posibilidad de la biopolítica [3].

La uniformidad del culto público, para legitimarlo, necesita uniformidad e identificación de este, sino corre el peligro de ser privado. El planteamiento de Hobbes nos leva a señalar no sólo la necesidad de que la Iglesia forma parte del Estado, sino el convertir “la política” en un acto que –bajo el manto de culto público- permita la existencia del Estado y, a la vez, determinar cuales son los límites de este con respecto a los beneficios que puede garantizar, y a quiénes, específicamente con respecto a la entrega de “protección”. En el caso de la teología medieval la protección de Dios  a “su pueblo”, en el caso de Hobbes el “protegernos” del “resto”; en ambos existe ese límite que determina la capacidad de que el Estado se cierre sobre si mismo para excluir aquello que representa peligro para la “comunidad”.

En San Agustín el culto practicado por los sacerdotes es público y libre, que no entorpece sino que cumple un objetivo necesario y legitimado por cada uno de sus “ciudadanos”, bajo riesgo de exclusión, en Hobbes la situación teológica-política es la misma. La diferencia es el objeto –Dios Mortal- pero bajo el mismo peligro; quedar en situación de “guerra” y, en esas condiciones, dejar morir –como veremos más adelante-. La garantía de permanencia es el culto público, eso es lo que provoca la obtención o no de “beneficios” en Hobbes, el primero y más importante de ellos la “seguridad”. Situación de dependencia mutua entre la Iglesia y su pueblo en San Agustín, entre el Dios Mortal y sus “ciudadanos” en el autor del Leviatán –en otras palabras- la satisfacción de demandas individuales donde el “culto público” garantiza el beneficio máximo a nivel colectivo; la integración social.

Es innegable que a partir de Hobbes la teología política se convierte en el elemento esencial de la Teoría del Estado. Carl Schmitt es quien a partir de la obra del pensador inglés quien acuñó el concepto de “Teología Política” para referirse a la teología civil moderna que actúa en conjunción con la teoría del Estado que sustituirá la teología política de raigambre cristiana que –durante la Edad Media- actuará en dependencia constante con la teología jurídica del Derecho Natural[4]; todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado, afirmaba Schmitt, “son conceptos teológicos secularizados”[5]. No está demás el recordar que el Estado –territorial y luego nacional- surge como una artificialidad pero, a la vez, como la primera de las grandes construcciones del racionalismo en un “mundo” erosionado por tensiones políticas y conflictos religiosos –aunque es difícil de determinar sus diferencias- donde la figura del Estado no sólo emerge como una “necesidad”, sino que –a la vez- una “elección racional”. Hobbes escribe, por tanto, en oposición a Bodino o Maquiavelo que ven en el Estado a un instrumento de poder para provecho de príncipes o monarquías de turno.

En Hobbes es posible advertir la utilización de los “instrumentos propios” de la concepción teológica de la política con el fin de oponerse a una teología jurídica eclesiástica. Y es que esta nueva entidad –el Estado- busca su lugar a partir de una sociedad “creada” por medio de una “teología política” que – ya desgastada- será reemplazada por una concepción que, por medio de un Dios Mortal, busca fundar una nueva teología política pero secularizada. 




[1] NEGRO, Dalmacio. La Teología Política de Thomas Hobbes.
[2] HOBBES, Thomas. Leviatán. XXI
[3] Sobre el mismo hecho, división de bíos y zoe, Agamben señala; “La simple vida natural está excluida del mundo clásico, de la polis propiamente dicha u queda firmemente confinada como vida reproductiva, al ámbito del oikos” Agamben, Giorgio. Homo Sacer. Pág. 10.
[4] KANTOROWICZ, E.H. Los Dos Cuerpos del Rey. Un estudio de Teología Política Medieval. Madrid Alianza. 1985.
[5] SCHMITT, Carl. El Concepto de lo Político.
[6] SCHMITT, Carl.
[7] HOBBES, Thomas. Del Ciudadano. XVII.
[8] SCHMITT, Carl.
[9] ALTINI, Carlo. La Fábrica de la Soberanía. Pág.90
[10] MAUREIRA, Max. Disolución Política de la Teología. 

jueves, 30 de agosto de 2012

Contextualización Identitaria de América del Sur




El tema identitario en América Latina es un problema que ha adquirido una gran importancia en los últimos años, traspasando los límites de los especialistas en el tema de carácter identitario para ser una preocupación de carácter político y social. Sin embargo el tema de la identidad ha estado siempre presente en América Latina, aunque no con la misma relevancia, ya que los períodos de preocupaciones identitarias responden a periodos de crisis y profunda crítica frente a determinados paradigmas de desarrollo y su funcionamiento una vez llevados a la práctica; como es el caso del Chile actual. Es en los periodos de transformaciones societales y culturales el tema identitario se potencia y adquiere una especial significación simbólica.

Desde los ultimos años del siglo XIX hasta los primeras décadas del siglo XX el contexto histórico europeo cae en la llamada “primera crisis de la modernidad europea”; esta se produjo por el profundo malestar que vivían las principales sociedades europeas a consecuencias de la primera revolución industrial y las promesas incumplidas del liberalismo: paz, progreso y prosperidad. Fue, por ello, el fin de la ilusión del liberalismo clásico de la sociedad regida por el mercado autorregulado y la (re)emergencia de concepciones alternativas de derecha y de izquierda. Durante esos años, a la vez, en América Latina se producía la larga crisis de las repúblicas oligárquicas, crisis que no sólo se manifestó por la paulatina caída de los sistemas políticos que sustentaban sino que fue acompañada por profundos cambios sociales, culturales y en sus economías exportadoras. La cultura elitaria de las oligarquías, de raigambre liberal conservadora y positivista, tanto en el terreno estético y de las ideas, fue perdiendo vigencia y legitimidad, dando paso a profundas transformaciones sociales. Estos profundos cambios fueron favorecidos y potenciados por el contexto internacional que hemos señalado, principalmente europeo, que crearon las condiciones para la existencia de un clima de decepción ante el sistema político-social y la emergencia de los cambios dentro de este. Es decir, podemos señalar que la búsqueda de la identidad latinoamericana surge a la par de las crisis sociales y se agudiza en proporción directa a la imposibilidad de los Estados de responder a las diferentes demandas y presiones ejercidas desde dentro de estas comunidades políticas. Por ello, la primera “oleada” moderna en pos de una respuesta a la pregunta sobre las identidades latinoamericanas se inscribe dentro del contexto histórico de una pregunta aún más amplia: ¿cuál es el futuro de América Latína?. La pregunta sobre nuestra identidad como latinoamericanos se vuelve una necesidad ahí donde el paradigma sobre el “qué somos” no tiene respuesta y entra en una crisis que supone la visibilidad de una erosión económica y política obligando a una interrogante cultural sobre ella misma.

Hoy debemos de pensar las paradojas de la globalización y dejar de pensar a esta como un paradigma cerrado, ya que este mismo fenómeno produce obligatoriamente un resurgimiento de las identidades locales ahí donde este fenómeno mundial no puede ser una respuesta favorable a las demandas y expectativas que esta misma ha provocado (los ejemplos de Bolivia, Venezuela y Ecuador son claros). Si antes hemos señalado que la llamada “crisis de la modernidad” a inicios del siglo XX produjo una explosión de cuestionamientos sobre la identidad, hoy debemos de ver que las crisis económicas dentro de un mundo globalizado producirá obligatoriamente el resurgimiento de los cuestionamientos sobre la identidad ahí donde la globalización no responde a sus promesas en torno a mejoras sustanciales económicas en detrimento de los elementos locales. Podríamos decir que la formula se invierte; se comienza a criticar el modelo económico global a la vez que se refugian en identidades locales hasta ayer criticadas como una forma de retraso o explicación frente a las desigualdades o inestabilidades económicas.

Es por eso que la búsqueda de una identidad mirando al pasado es extremadamente dificultoso ya que la sucesión de rupturas no coinciden, tampoco, con la nación o el Estado en Latinoamérica debido a que los Estados de América Latina pueden contener a la vez diversas nacionalidades y, por ende, diversas culturas. Seguramente es por esta razón que la pregunta sobre nuestra identidad presenta la dificultad de que nuestra historia latinoamericana se ha construido en torno a abruptas y constantes superposiciones que hacen más borrosas la búsqueda de una huella de continuidad en la construcción identitaria nacional y regional.  El caso es que la transculturación  o transplante de culturas foráneas en nuestro subcontinente americano junto con el sincretismo y mestizaje socio-cultural ha mantenido latente la preocupación. y la dificultad misma, para dar respuesta a nuestra identidad como Latino América. 

viernes, 24 de agosto de 2012

Hobbes; Biopolítica ... Inconcluso -y con 0.1% de posibilidades de ser terminado-.









No representa ningún tipo de novedad señalar la gran importancia que han logrado, en el último tiempo, las definiciones de biopoder y biopolítica en las discusiones actuales de la filosofía política –incluso sobrepasando los tradicionales empleos de términos filosóficos en otras áreas-. Como tampoco es ninguna novedad el señalar que estas remiten una y otra vez a concepciones acuñadas por Michel Foucault a partir de la década de los 70’s del siglo recién pasado. Es como si este autor hubiese hecho trizas todos los antiguos arsenales de conceptos bajo los cuales solía transitar la filosofía política. De una u otra manera la “originalidad” de Foucault y sus nociones de biopolítica, que aparecen por vez primera en un ciclo de conferencias pronunciadas en Río de Janeiro el año 1974, residen no en el hecho mismo de la singularidad conceptual, sino, al contrario, en una “vuelta de tuerca” con respecto a los usos y contenidos que hasta el momento se habían dado al concepto. La obra de Foucault –al menos desde el periodo que hemos señalado- representa una fusión entre dos corrientes que convivieron en constante tensión sobre el tema biopolítico de la sociedad hasta finalmente fusionarse, cosa que podría explicar el paso desde las sociedades de vigilancia hacia las sociedades de control- como señala Deleuze- que es tratada como un tema biológico per se a partir, posiblemente, de la obra de Hobbes y la construcción de soberanía, encarnada no en la figura abstracta del poder, sino en la figura tangible de la sociedad como “cuerpo viviente” y que encontrará una segunda vertiente con el Positivismo Inglés- como continuidad moderna de regímenes teocráticos- donde la sociedad es una anatomía y semiótica biológica “a descubrir”. No es extraño el pensar la obra de Hobbes dentro de términos biológicos –el frontispicio de la primera edición no es una simple metáfora- y encontrar en los ejemplos citados por Edgardo Castro[1], con respecto a las nociones de biopolítica antes de Foucault, una continuidad que apela a lo biológico, en relación a la construcción de la sociedad política, dentro de un imaginario –episteme epocal podrá decir el autor francés- que relaciona la salud y la contingencia como una continuidad necesaria en pos de la vida misma de este “cuerpo artificial”. Así, en cambo, Comte utilizara el concepto “biocracia” para explicar el orden natural e inmanente de los animales disciplinables, o como posteriormente Somit y Peterson expresaron señalando que; “con el término biopolítica se entiende usualmente el enfoque de aquellos científicos de la política que utilizan los conceptos biológicos y las técnicas de investigación biológica para estudiar, explicar, prever y, algunas veces, prescribir el comportamiento político”. Si existe relación alguna entre la primera y lo segunda concepción es el ver una homologación entre biología y sociedad; el no hacer una mera metáfora de esta como un “cuerpo viviente” y pensarlo bajo categorías “creadas”, sino enfrentar este problema biológico bajo categorías, valga la redundancia, de un cuerpo vivo. Así la existencia de la sociedad no es un problema social –esta ya no existiría como objeto de estudio fuera de un tratamiento biológico- sino como necesidad; antropología filosófica en el caso de Hobbes- o como incógnita biológica a descubrir –positivismo filosófico en Comte-. En el caso de Hobbes claramente su influencia la podemos advertir a partir del Siglo XVII, en el caso de Comte obviamente durante la segunda mitad del siglo XIX, pero, debemos hacer notar, no es ningún “dilema histórico” el encontrar las bases del pensamiento positivista en Hume ya a partir de mediados del siglo XVIII. “Cuerpo como imitación racional de la naturaleza” configuran los lineamientos generales del pensamiento antropológico filosófico en el cual está basado el pensamiento de Hobbes; “Todo lo consecuente al tiempo de guerra, cuando cada hombre es enemigo a cada otro, es consecuente también al tiempo cuando los hombres viven sin seguridad alguna sino la que les proporcionen su propia fuerza e invención. En tal condición no hay lugar para industria, porque su fruto es inseguro; consecuentemente no hay ninguna cultura de la tierra; ninguna navegación ni uso de los productos importados por el mar; ninguna construcción cómoda; ningunos instrumentos para mover cosas que necesitan mucha fuerza; ningún conocimiento de la faz de la tierra, ni del tiempo; ningunas artes, letras o sociedad; y lo peor de todos, perpetua al temor y peligro de muerte violenta; y la vida de los hombres es solitaria, pobre, sucia, brutal y corta”[2]. El contrato original que da origen a la sociedad es un contrato racional, es así como –siguiendo con otra cita del autor ingles: "Cuando un hombre razona, no hace otra cosa que concebir una suma total, por adición de partes, o concebir un resto por sustracción." El Estado por tanto es una creación en el caso de Hobbes; y una unidad total y absolutamente artificial y maleable, que permite múltiples variaciones dependiendo de la contingencia. Lo que se relaciona directamente con su adaptación al pensamiento liberal posterior como fundamento filosófico de legitimidad. El problema con respecto a la soberanía absoluta en Hobbes o si realmente era partidario de un sistema parlamentario es un dilema complejo y difícil de resolver –y que lamentablemente nos llevaría hacia otro campo de interrogantes- , el problema que queremos abordar reside en otro punto; en que si esto es así, como he señalado, las interrogantes con respecto a la “sociedad” son problemas de carácter netamente “políticos”, y que deben de resolverse dentro de ese campo –del campo de la política- de una creación totalmente artificial y que está mutando constantemente en pos de objetivos; un cuerpo que muta, que tiene la obligación de mutar, que muta a esos cuerpos que tiene a su interior: "Pues cualquiera que sea la costumbre establecida, si un hombre puede alterarla de palabra, y no lo hace, eso es señal de que quiere que dicha costumbre se conserve." En cambio en los lineamientos generales del positivismo filosófico nos encontramos con que la sociedad es un “organismo a descubrir”. Si en la antropología filosófica -con base en Hobbes- el cuerpo es una artificialidad que está en constante mutación -la sociedad política-; en este segundo lineamiento nos encontramos con que la sociedad no es ninguna artificialidad sino, al contrario, es un ente natural y singular que en su interior contiene homogeneidad a partir de –obviamente- componentes naturales y no artificiales. Como señala Hume: "La naturaleza mantendrá siempre sus derechos y, finalmente, prevalecerá sobre cualquier razonamiento abstracto." Si para el positivismo la sociedad es un hecho natural y el buen o mal funcionamiento de esta no responde a contingencia, azar, ni elemento externo alguno -sino al descubrimiento de las leyes que rigen esta naturaleza- nos encontramos con que las concepciones de biopolítica que derivan de esta concepción positivista filosófica llevan el tema político hacia un tema biológico, en cambio bajo el código antropológico filosófico el fin será el buen funcionamiento de un cuerpo totalmente artificial y en constante movimiento. El organismo natural lleva el tema de la biopolítica de Foucault hacia el tema racial, el cuerpo artificial hacia la máquina; el primero es provechoso para una monarquía, tiranía, dictadura etc. el segundo para el liberalismo. El problema de la omisión de los campos de concentración nazis en la obra de Michel Foucault – con respecto a sus trabajos sobre instituciones de encierro o la biopolítica misma- radica no en algún hecho de olvido, negación u omisión, sino al hecho de que la biopolítica actúa en constante movimiento y con la obligación de mutar, en cambio una biopolítica sin posibilidad alguna de adaptarse a azares, contingencias o emergencias resulta un hecho de imposición que apela- obligatoriamente- a la existencia de un hecho estático y constante en la naturaleza; una comunidad perdida en la historia, un pueblo glorioso de hace cientos de años, la pureza de una sangre o la divinidad de una raza. Bajo esas condiciones el liberalismo no encuentra terreno fértil alguno, ni tanto en el plano político como en el económico, por lo tanto podríamos llegar a plantear dos lineamientos diferentes con respecto a la biopolítica presente en Foucault –como posteriormente veremos- una que tiene su origen a partir de Hobbes –la biopolítica liberal- y una segunda biopolítica que encontraría su origen, al menos desde la modernidad, con el Positivismo Inglés del siglo XVIII que, negando los principios modernos de “la política”, se manifiestan en el darwinismo o racismo -.

[1] Castro, E. Biopolítica y Gubernamentalidad.[2] Leviatán.

miércoles, 13 de junio de 2012

La Nación; proyecto de vida en común en Ortega y Gasset




En la obra de Ortega la idea de nación no aparece como un término estático y definitivo, sino más bien como un concepto dinámico y provisional. Y es que de la misma manera que no hay una teoría del Estado explicita en la obra orteguiana, tampoco la hay con respecto a la idea de nación y se referirá a esta problemática dentro de su acepción cultural, y otras veces desde su perspectiva política.

En el pensamiento de Ortega el sentido de la Nación, en referencia a los pueblos europeos, tiene un significado de “unidad de convivencia” diferente a lo que normalmente entendemos por “pueblo”, ya que este último es considerado por nuestro autor como una “colectividad” que se constituye por un repertorio de usos que el azar o las vicisitudes de la historia, de su propia historia, han creado pero carentes de proyección hacia adelante, sino proyectada siempre hacia un pasado. En cambio, la Nación tiene un carácter histórico, como toda vida humana y toda construcción de “estas vidas humanas”, así el hombre construye desde su realidad radical su propia historia y, a la vez, una naturaleza en conjunto que es la historia misma de este conjunto humano. Es así, como toda producción humana, que la Nación tiene, y debe tener, un carácter propiamente histórico que mira el futuro oponiéndose a la idea de Pueblo -o ciudad como veremos más adelante- que vive sin proyecto futuro más que su propio pasado y presente; sin jamás traspasar esa dualidad que la estanca y la detiene frente a la “sustancia” misma de la Historia; el cambio.

La nación es insustancial, no tiene una sustancia más que su carácter provisional y variable, por que como el hombre mismo su construcción carece de sustancialidad: “a la Nación la hace la historia, por eso es de tanta suculencia”[1].

La Nación surgirá con la Modernidad como una forma histórica de la convivencia humana, así como antes en la historia se convivía bajo formas de  Ciudad-Estado o Imperio. Pero si la constitución de estas ciudades, o incluso imperios, tenía como acto de existencia acuerdos o pactos debemos de comprender, junto con Ortega, que la constitución de la Nación es un acto previo y superior a la voluntad de constituyente de sus miembros. La Nación no puede ser fundada, tan sólo “se nace en ella”: “La Nación tiene un origen vegetativo, espontáneo y como sonámbulo: se engendra por proliferación, como una polípera, más acrecencias aluviales, como las conquistas o las anexiones por causas dinásticas, que sólo se incorporan con efectividad social al núcleo inicial después de largo tiempo y también, por tanto, en forma de injerto vegetativo, de paulatina e indeliberada homogeneización. La Polís, en cambio, surge de una deliberada voluntad para un fin. Tiene un carácter formal de instrumento para ... Su origen, pues, es un telos. Este informa, anima y es la Polis, y como todo lo que es telos lleva en sí, viva y operante, la aspiración a la teleíosis –a la perfección-. Pero esta perfección no es sentida como la esperanza de un desarrollo futuro, sino como una calidad presente[2]”.

La “Polis” vive atada a su propio presente, como una construcción humana sin razón de ser más que responder a su propio pasado-presente  - a su telos, como nos señala Ortega- que la ata una y otra vez a un presente a-histórico, incapaz de ver más allá de su propio fin determinado de antemano. Como si viviera siempre atada a un presente que se niega a avanzar, la Polis frena el avance mismo de la Historia, tanto en el plano de los individuos como de la colectividad. La Nación, en cambio, posee no sólo la dimensión de su existencia presente, y de un pasado que construye y moldea este presente, sino por sobre todo una dimensión de futuro que se concreta por medio de “un proyecto de vida en común”.

A partir de lo que nos señala Ortega en la cita anterior es que podemos comprender el rasgo definitivo para diferenciar una Nación de una Ciudad, Polis o Imperio; y es que sólo en la primera está presente la “tradición” y el “porvenir” como una constante que nos permite comprender la frase “en la Nación se nace”. No es simplemente la conjugación de factores lo que constituye la existencia de una Nación –como lo podrían señalar las definiciones tradicionales que nos remiten a razas, historia, costumbres o valores -, sino que lo que realmente es característico de la construcción nacional es la existencia de un proyecto sugestivo de vida en común que, sin ser teleológico, es dinámico a la vez que en constante cambio: “No es la comunidad anterior pretérita tradicional o inmemorial –en suma: fatal e irreformable – la que proporciona titulo para la convivencia política, sino la comunidad futura en el efectivo hacer”[3]


La Superación de la Inercia hacia el Pasado; el Reto de la Nación


Para Ortega la Nación supera la concepción de pueblo –como ya lo hemos señalado- ya que el primero significa una unidad de convivencia distinta de lo que entendemos por pueblo. Un “pueblo es una colectividad constituida por un repertorio de usos tradicionales que el azar o las vicisitudes de la historia ha creado. El pueblo vive inercialmente de su pasado y nada más.[4]”. Y no es que Ortega nos quiera decir que el “pueblo” se oponga a la “nación”, es más, el pueblo convive dentro de la nación pero esta última añade a “los usos tradicionales inerciales” y “mecánicos” de un pueblo la aspiración de ser “la manera más perfecta de ser hombre, y por tanto, bien fundada y proyectada sobre el porvenir”[5]. Al respecto nuestro autor nos dice: “(...) la pretensión de representar la mejor figura de humanidad mantuvo en forma a los pueblos de Europa e hizo que su convivencia tuviese durante siglos el maravilloso y fertilísimo carácter de una grandiosa emulación de una lucha agonal en que se incitaban los unos a los otros hacia mayor perfección. Por esto nos hace ver que la idea de Nación, a diferencia de los pueblos que no son sino pueblos, implica, ante todo ser un programa de vida hacia el futuro”[6]. En la presente cita Ortega nos señala no sólo la diferencia entre un “pueblo” y una “nación”, sino que también nos presenta lo que a su juicio representaba una “crisis” en la Europa de su tiempo y la necesidad “continental” y “nacional” de proyectarse más allá de su mero presente, ya que; “las naciones de Europa se quedaron íntimamente sin porvenir, sin proyectos de futuro, sin aspiraciones creadoras”[7].

Sin porvenir no existe nación, ya que esta responde a un proyecto de futuro constante como la vida humana misma que debe proyectarse siempre hacia el futuro. Si cada uno de nosotros es primero y ante todo porvenir, la nación, como proyecto de vida humana también debe serlo. La existencia de un pasado y de un presente siempre tiene en vista la existencia de un futuro, pro no “cualquier futuro” sino que uno que se construye “por y para el hombre”. Y, como señala Ortega, “el hombre es ante todo porvenir”, y un hombre sin porvenir se desmoraliza al igual que una nación. Sin la existencia de porvenir el hombre no avanza, es como si, frente a la inexistencia de un futuro, nos “sentáramos” a ver como “todo pasa” pero sin que nosotros seamos realmente “actores de aquello que pasa” (la Historia misma). Por ello sin porvenir se produce un freno, o incluso una involución, en el proyecto del hombre mismo y, en la nación, como creación humana, sucederá lo mismo; “La idea de Nación, que había sido hasta ahora una espuela se convierte en un freno. Incapaz de ofrecer a cada pueblo un programa de vida futura los paraliza y encierra dentro de sí mismos”[8].

Sin la creencia en si misma como proyecto, como empresa a futuro, que debe ser la Nación, esta se vuelve hacia el pasado para reafirmar su presente y justificar su precaria, a la vez que débil existencia. Pero no hay esa empresa a futuro a la cual adherir, y sin ella no hay porvenir y no se avanza superando los estados de naturaleza anteriores que no son más que el pasado histórico. Sin proyecto la Nación se vuelve anacrónica con respecto a su realidad Moderna, y carente de proyecto no duda sobre si misma y vuelve atrás: “La civilización europea duda a fondo de si misma. ¡Enhorabuena que sea así!. Yo no recuerdo que ninguna civilización haya muerto de un ataque de duda. Creo recordar más bien que las civilizaciones han solido morir  por una petrificación de su fe tradicional, por una arteriosclerosis de sus creencias[9]”.  El hombre avanza desde la duda, al igual que las naciones y civilizaciones, con la certeza de un mañana, de un proyecto o empresa, que es urgente construir constantemente. Y es que ante la certeza de un mañana que vendrá, y ante la duda, como forma de “afrontar ese tiempo futuro”, el hombre, al igual que las naciones, se proyecta encontrando “(...) el elemento creador y el estrato más profundo y sustancial”[10]. De manera metafórica, pero con una claridad sorprendente, nos señala nuestro autor con respecto a la “duda”, y su función en la naturaleza del hombre y las naciones: “Pero esta sensación de naufragio es el gran estimulante del hombre. Al sentir que se sumerge reaccionan sus más profundas energías, sus brazos se agitan para ascender a la superficie. El naufrago se convierte en nadador, la situación negativa se convierte en positiva. Todo ha nacido o ha renacido como un movimiento natatorio de salvación. Este combate secreto de cada hombre con sus intimas dudas allá en el recinto solitario de su alma da un precipitado: este precipitado es la nueva fe de que va a vivir una nueva época”[11].



Las Ruinas, la Razón Histórica y la Nación


La existencia de un mañana nos permite avanzar por sobre las “ruinas” del pasado. La inexistencia de aquel futuro como porvenir es lo que detiene a las naciones de su misión, y las vuelve hacia aquel  nacionalismo hacia adentro propio de aquellos hombres pequeños que nos señala Ortega. Hombres pequeños que en su convivencia conjunta no pueden escapar al pasado y se aferran a el de manera mecánica e irreflexiva, como si su identidad nacional –o supuesta identidad nacional- sea sólo “bailar al ritmo de otro tambor”: “¡Ese baila con otro tambor! No es sino concentrar en una palabra abreviadamente y, por tanto, con deliberada exageración, decir que un pueblo consiste en puras manías acumuladas por el azar, que las mismas podrían ser otras cualquiera”[12].  Y la nación es superior a ese vivir de manera inercial el presente para “añadir formas de vida que, si bien articuladas con las tradicionales, pretender representar una manera de ser hombre en el sentido más elevado (...) bien fundada y proyectada sobre el porvenir”[13]. La nación surgirá en la modernidad superando las formas de convivencia humana anteriores y - es por que ello que Ortega nos señalará que la misma idea de que las naciones apelen a su “folklore” o a las reminiscencias del pasado para “encontrar su nación”- no es otra cosa más que volver a recoger las ruinas como si estas nos pudiesen dibujar un porvenir que no es tal. Por que las ruinas son eso; ruinas, y estas forman parte del pasado, no de nuestro porvenir. “Las ruinas, pues forman parte de la intima economía de la historia. Las ruinas son ciertamente terribles para los arruinados, pero más terrible sería que la historia no fuera capaz de ruinas. Sentimos como una pesadilla la imaginación de que todas las construcciones del pretérito se hubiesen conservado. No tendríamos lugar donde poner nuestros pies”[14]. De la misma forma como las generaciones avanzan unas sobre otras dejando atrás acumulativamente a antiguas formas, para “rejuvenecerse a si misma”, el cambio constante, la mutación, es la esencia cambiante de la historia. “Para comprender algo humano, personal o colectivo, es preciso contar una historia. Este hombre, esta nación hace tal cosa y es así porque antes hizo otra y fue de tal otro modo. La vida sólo se vuelve transparente ante la razón histórica”[15].

La relación entre la formación compleja de las relaciones societales y su evolución encuentra en el pensamiento de Ortega su razon de ser por medio de la existencia de la razón histórica. Es por medio de esta última que la operación de “mirar hacia futuro como proyecto” se encuentra presente en las naciones, e imposible de encontrar en la Ciudad, Imperio o Pueblo. Nuestro autor nos dice: “El nombre nación es sobremanera feliz porque insinúa desde luego que ella es algo previo a toda voluntad constituyente de sus miembros. Está ahí antes e independiente de nosotros sus individuos. Es algo en que nacemos, no es algo que fundamos”[16]. La nación es una empresa colectiva, e histórica, que mira hacia el futuro trazando un porvenir, no se funda ni mira constantemente al pasado –como la polis griega – sino que su legitimidad es una constante más allá de ese presente en el cual nos situamos. La nación es observar, desde el presente y sobre las ruinas de nuestro pasado, aquello que podemos abrazar como un porvenir, y cuanto con mayor conocimiento acomodamos esas desgastadas y ya obsoletas ruinas, mejor podremos observar, desde las alturas de estas, aquello que será como proyecto deseable. Empresa, proyecto, quehacer, conceptos que revelan la naturaleza dinámica de ambas realidades: vida humana individual—la de cada uno de nosotros—y nación. 

La nación no vive de nuestras voluntades, no consiste en ellas, sino que existe como una realidad natural[17]. Y es que la Nación es una “realidad” que escapa a la ficción de constituir a la fuerza el grupo humano, y su telos estático, como si este pudiera ser traducido por medio de su pasado fundacional; la nación es un producto de la historia y su evolución en la conformación de aquellos pueblos que, conteniendo todos los elementos constituyentes de un “pueblo” comparte un porvenir que hace de nosotros “compatriotas” y no meros “con-ciudadanos”, como sucedería, a juicio de Ortega, en las antiguas Ciudades-Estado o Estados territoriales premodernos. A propósito de esta comparación de “naturaleza histórica”; “La nación es en este sentido un fenómeno menos puramente humano que la Polis si consideramos como lo más humano al comportamiento lucidamente consciente. Claro que, por lo mismo, es más real, más firme, menos contingente y aleatorio. Todo lo que es plenamente consciente es –ni que decir tiene- más claro, más perspicuo y traslucido que lo inconsciente, pero, a la vez, más etéreo y expuesto a súbita volatización”[18].  La Polis es una construcción humana y fundada bajo circunstancias y azares determinados, la Nación, en cambio, traspasa el mero acto fundacional –y su telos- para aceptar el “peligro” de buscar siempre proyectarse sobre si misma como si estuviera en constante construcción y suspenso. A la nación “no la hacemos, ella nos hace, nos constituye, nos da nuestra radicalidad sustancia”[19]. Es por ello que la pobreza de contenidos que presenta una Ciudad es que está hecha por y para determinados individuos, a diferencia de la nación que esta hecha “por la historia”. La Ciudad –como los Imperios o los “simples” Estados premodernos – son el producto de un momento; de un momento fundacional que busca perpetuarse en el tiempo contra la naturaleza misma de los hombres y su condición histórica, que es, por el contrario, la sustancia misma de la Nación; su condición y naturaleza histórica: “Se nace en la nación y los individuos no la hacen un buen día, pero el caso es que, por otro lado, no hay nación si además de nacer en ella no se preocupan de ella y la van, día por día, haciendo y perhaciendo”[20].



[1] Ortega y Gasset, José. De Europa Meditatio Quaedam. Pág.77. En: Europa y La Idea de Nación. Ortega y Gasset, José. Alianza Editorial. Madrid. 1985.
[2] IBIDEM. Pág.61.
[3] OPCIT. Ortega y Gasset, José. La Rebelión de las Masas. S.D
[4] Ortega y Gasset, José. De Nación a Provincia de Europa. Pág.15. En; OPCIT. Europa y la Idea de Nación.
[5] IBIDEM. Pág. 16
[6] IBIDEM. Pág. 17.
[7] IDEM.
[8] IBIDEM. Pág. 18. Al respecto Ortega señalará, posteriormente, en el mismo texto; “Los periódicos se ocupan principalmente en conmemorar las glorias caseras, en hablar de sus pequeños hombres, como nunca habían hecho hasta ahora. Al mismo tiempo se cultiva el folklore monumentalizándolo de una manera grotesca”.
[9] OPCIT. De Europa Maditatio Quaedam. Pág.36.
[10] IDEM.
[11] IBIDEM. Pág. 37.
[12] OPCIT. Ortega y Gasset, José. De Nación a Provincia de Europa. Pág 16.
[13] IDEM
[14] OPCIT. De Europa Meditatio Quaedam . Págs 38-39.
[15] OPCIT. La Rebelión de las Masas.
[16] OPCIT. De Europa Meditatio Quaedam. Pág. 62.
[17] IBIDEM. Pág. 28
[18] IDEM.
[19] IDEM.
[20] IBIDEM. Pág. 77